Portal

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Al volver del trabajo, con la mochila a cuestas, te vi sentada en mi portal con tu maleta de viaje. No creí que fuera posible y, tras una parada de todo mi cuerpo de una milésima de segundo, incluso del corazón,  y una sensación que me recorrió desde el estómago hasta la garganta, seguí andando pensando que no eras tú. No reconocí tu nuevo abrigo gris que te ceñía perfectamente las curvas que aún me mareaban. Por fin llegué a tu lado y, sentada en el escalón, miraste hacia arriba, con esa cara que solo tú sabes poner y que me desarma por completo. El levantarte y agarrarte a mi cuello, fue todo un movimiento. Yo, parecía esperar una respuesta con los brazos semiflexionados y, a la vez rígidos, sin poder moverlos. Escuché como se te cogía la nariz y comenzaste a gimotear poco a poco sobre mi pecho y mis brazos te rodearon espontáneamente, sin poder ejercer ningún control sobre ellos. Sabía que estaba haciendo mal y que nada bueno saldría de esto, como en otras ocasiones… Sin tiempo para dejar trabajar al consciente, nos besamos.

Escrito por Zuri el 6 abril, 2014 | 0


Bicicleta

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Me encantaba tu bicicleta. Me gustaba perseguirte y dejar que me ganases. Pero también me gustaba cuando yo iba paseando mientras tú pedaleabas tranquilamente a unos pasos de mí. Sabías que me ponía enfermo el ver como esas mayas ajustadas dejaban ver insinuarse esas pequeñas oleadas de carne que surgían de los botes sobre los adoquines. Me ponías bruto y lo sabías. Joder, pero cuando te levantabas y echabas a correr… Y, justo cuando no pude aguantar más, se me escapó que me parecías preciosa. Te me quedaste mirando como se miran dos seres de distintos planetas entre ellos, giraste un poco la cara y pusiste tu mano en mi mejilla dejando caer una pequeña caricia. Me quedé petrificado durante el medio segundo que duró, tenso y sorprendido, porque nunca me habías mirado con esos ojos tan penetrantes. Entonces, fue cuando me diste una pequeña torta y saliste corriendo con tu bicicleta, te alcancé, te tiré de ella y volví a ver esas maravillosas ondas mientras rebotabas contra mí.

Escrito por Zuri el 17 marzo, 2014 | 0


Ajedrez

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¡Rápido ponte en blancas! Sitúate bien para la salida, no sea que te corten la cabeza antes de empezar. En este juego todo es estrategia, saber donde mover y cuándo es lo más importante durante toda la partida. Saber aguardar tácticas, técnicas, artimañas, trucos y modales. Rápido, haz que pierda la concentración con un movimiento igual de descabezado que meditado, hasta el punto que ya no sepa cuáles son las cartas que escondes. Mueve ficha o parecerás desconcertado, haz daño donde duele y no recuerdes que la que tienes delante de ti es una persona amiga, desconocida o sabe dios lo que pueda ser. Es un tú contra el mundo y nadie puede aconsejarte mejor que el que no hables, no sientas, no dejes que los demás noten ni un solo cambio en un músculo de tu cara. Si eres listo y tienes algo de experiencia, aunque no ganes la partida, saldrás vivo de ella. Siempre con la cabeza en el siguiente enfrentamiento, concentrado, alerta y con los cinco sentidos en los cambios. Nunca hay dos rivales iguales, pero si analizas las características, todos acaban resumiéndose en el mismo denominador común. De los que te ganan  tienes sed de revancha, de los que pierden solo esperas que no vuelvan mejor preparados y se conviertan en uno de los primeros. Así es este juego.

Escrito por Zuri el 10 febrero, 2014 | 0


Resaca

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En mi vida he tenido ya bastantes resacas. Unas en las que no podía separarme del sofá por los mareos, otras que se me han pasado volviendo a beber y que llegaron dobles al día siguiente, a veces la cabeza se me doblaba hacia adentro y la presión hacía insoportable cualquier postura, raramente livianas y esta. Esta, no sé el por qué, es especial. Se me están juntado sensaciones y sentimientos en el estómago que no me gustan nada. La verdad es que no he dormido apenas y no me encuentro tan mal, que he comido y no he necesitado litros y litros de agua, que casi he tenido un día de provecho ya que me ha dado tiempo de pasar la tarde junto a ti. Pero el estómago me está matando, no de la resaca, sino que me quiere hablar. Casi no digo nada esperando escuchar eso tan importante que tiene por decirme. Y nada. Tu interrogatorio no da pie a que me pueda escuchar, continuando con el grito apagado entre jugos ácidos que intentan descomponer esas tapas tan amargas y el ibuprofeno. Es el momento de tomar una decisión y creo que algo tiene que ver con lo que me ocurre en el  abdomen. Te dejo. Se me ha escapado en voz alta. Contesto. Sí, hablamos mañana.

Escrito por Zuri el 6 enero, 2014 | 0


Femme Fatal

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Aquella no era una tarde cualquiera, era la tarde en la que iba a declararme a la chica que más me gustaba del grupo. Hacíamos la obra en que Mati era  protagonista. Trataba sobre una chica angustiada por su pasado, que para salvar su vida tuvo que ver como su padre y su novio morían a sus manos en unas circunstancias algo turbias. Yo hacía de novio y todo iba muy bien, los primeros actos eran como si fuera mía la historia, la historia que siempre quise pensar que me pertenecía. Ambos estábamos muy enamorados y nos hacíamos caricias que no podían estar ensayadas ni ser parte de ningún personaje, eran tan reales como el acto físico llevado a cabo. Mientras seguíamos la obra detrás del telón, ella me cogía la mano con fuerza y esperaba al trágico momento en el que me clavara el cuchillo. Todo fue muy tenso, no podía creer que dijera esas cosas sobre las tablas, aunque lo hubiera escuchado cientos de veces. Me chillaba sin parar y esta vez todo se me metía en la cabeza como si tuviera una hilera de pinchos que me recorriera el cerebro de oreja a oreja. Todo me retumbaba, creo que comencé a marearme por el calor de los focos y la tensión implícita del espectáculo. Una vez hubo terminado con su “padre”, se dirigió con una rápida carrera hacia mí, con el cuchillo por delante, encaminado hacia mi abdomen. En esos momentos, turbado en una sopa de sentimientos en los que ya no sabía reconocer los propios de los ajenos, solo pude arrebatarle el cuchillo y arrastrarla hacia mi torso y simular como le rebanaba el cuello como cualquier hijo del tío Sam haría con un “jodido amarillo”. Nada de esto tuvo ninguna consecuencia, quitando el asombro de público y el pasmo del resto del reparto, si no fuera, que tras hacerlo, con un rápido movimiento del cuerpo, la precipité escenario abajo, fracturándose su precioso y débil cuello contra las rodillas de uno de los espectadores de la primera fila. Creo que nunca volveré a actuar, al menos, en libertad.

Escrito por Zuri el 18 octubre, 2013 | 0


Ayer

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Ayer te vi. Lo supe porque, en cuanto mi cerebro procesó tu imagen, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sin haberte si quiera reconocido conscientemente. Tuve que girar la cabeza dos veces, como si tuviera un muelle invisible en el cuello pero, por esa reacción, supe que eras tú. Mi cuerpo reaccionó como se suponía, se me abrieron las pupilas, una capa fina de sudor empañó mis manos y se me secó la boca. Continué mi paso, intentando no tropezar con nadie, mientras te miraba como reías sentada en aquella terraza con tus amigas.  El pelo corto te sentaba genial y esas gafas de sol grandes te daban un aspecto retro con el que siempre te había imaginado. Estabas guapísima y yo no iba ni duchado. Por eso pasé de largo, sabiendo que habías vuelto a la ciudad, después de cinco años sin verte y sin saber si volvería a hacerlo. Continué con la vaga ilusión de que conservaras mi teléfono o que, simplemente, te acordaras de mí.

Escrito por Zuri el 12 agosto, 2013 | 0


Sin espacio

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Sin espacio casi para maniobrar, me vi acorralado por ti. Comenzó como un leve flirteo del que ambos sabíamos el final y las consecuencias. Las pequeñas bromas, los golpes tontos, los arrebatos, mosqueos y las risas incontroladas eran lo mejor de verte. Quizás debí de darme cuenta antes y ponerle freno, así mi radio de acción se hubiera ampliado algo más del mínimo horizonte que yo mismo dibujaba a apenas unos centímetros de tu boca. Me envolvías con el más suave de los velos mientras me acercabas en aquella noche estrellada, en la que cara al mar, por fin, nos dejamos de tonterías. Nunca fui un seductor, aunque en ese momento sabía que no querías estar con nadie más y poco a poco me crecía. La luz llegó demasiado pronto y nos escabullimos hacia el centro. El desayuno inolvidable, la vuelta a la normalidad decepcionante.

Escrito por Zuri el 22 julio, 2013 | 0


Gafas de sol

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¡¡Dios!! Esa luz me está matando. Apaguen el sol por favor, al menos durante unos minutos. Mi boca seca no augura un buen resto del día. Saco del bolsillo mis viejas gafas de sol, que me han acompañado en tantos amaneceres. Esto ya es otra cosa. Me toco el pelo, como si el peinado que con tanta labor me ha hecho tu almohada se me fuera a ir así, tan fácilmente. Reconduzco mis pasos y me encamino a la parada del bus. Allí saco mis auriculares y los introduzco, no sin dificultad, en el conector de mi teléfono móvil. Bajo la atenta supervisión de esa señora que todo lo juzga desde sus rezos mañaneros, en ese idioma de vieja de iglesia, entre el susurro y el siseo. Treinta minutos después ya estoy en mi portal. El olor que sale de debajo de mi chaqueta es indescriptible, me hace recordar que mi cuerpo no comparte mi ritmo caótico. Cada poro de mi piel lanza, en contrapartida a mis actos, una nube mezcla de reprobación y grito de auxilio. Escaleras arriba se encuentra mi cama, es entonces cuando me despido del mundo. Hasta mañana.

Escrito por Zuri el 28 junio, 2013 | 0


Dos minutos

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Me dejo el móvil en mi habitación mientras ceno. Cuando vuelvo veo una llamada perdida, en ese momento, me permito fantasear dos minutos con que fueras tú quien no me había encontrado. Busco en mi memoria tu cara, que ya me queda algo difuminada por el tiempo y por las noches y salidas que necesité para intentar borrarla. Pienso en lo que te habría dicho de haberte cogido el teléfono y de la suerte y el margen que me dejaba el no haberlo hecho. Pero no eras. Es Julián quien quiere que nos juntemos un rato, en casa de Alejo. Comenzamos bien la noche, charla, cena y unas cervezas para olvidar todo lo pasado durante la semana. Damos una vuelta, unas copas y me despierto en un sobresalto, no me acuerdo en qué momento exacto caí inconsciente. En casa. No tengo conciencia de haberme dormido. De ayer me acuerdo de lo justo, con una chica a mi vera. Me permito fantasear dos minutos con que fueras tú…

Escrito por Zuri el 17 mayo, 2013 | 0


Ignorancia

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La intuí al ver su flequillo rojo asomar por el cristal de la puerta. Lo siguiente fue verla entrar con el gorro, la mascarilla, los guantes y la bata y todos nos dejaron solos. Todavía no sabía que podía esperarse, por lo que entró nerviosa y sin rumbo, hasta que conectó conmigo. En ese momento sonreí desde lo más profundo y mis ojos se arquearon haciéndose minúsculos. Mi sonrisa quedó cubierta por la mascarilla que me ayudaba a respirar. No sin esfuerzo, le dije que pusiera mi mano sobre su mejilla y así lo hizo, también pude notar como la besó y luego la dejó sobre mi pecho. No sé a cuál de los dos se le escapó la primera lágrima, pero en ese momento dijo que lo sentía y yo, poco a poco, que ya nada tenía importancia. Me acarició el pelo y la frente, sabiendo que no esa no debía de ser aun mi hora, continuando con su sonrisa solo cortada por los espasmos del sollozo. Sabía que no tendría otra, por lo que le solté de golpe lo que tanto tiempo había sentido, que la amaría más allá de toda vida. Se derrumbó y cayó sobre mí. Hice el mayor de los esfuerzos por tratar de acariciarla, pero mis dedos no se separaron ni si quiera un milímetro entre ellos, así que le dije un te quiero desde lo más profundo de mi ser y le obsequié con mi última sonrisa que llevará marcada a fuego en su retina hasta el día en que ella también pierda la razón. Yo nunca le dije cómo me llegué a enfermar. Ella no me dijo que se había vuelto a casar. Así pasé mi último momento junto a ella, el más feliz, sumido en la ignorancia.

Escrito por Zuri el 2 marzo, 2013 | 0