Microenema

Ignorancia

Zuri

La intuí al ver su flequillo rojo asomar por el cristal de la puerta. Lo siguiente fue verla entrar con el gorro, la mascarilla, los guantes y la bata y todos nos dejaron solos. Todavía no sabía que podía esperarse, por lo que entró nerviosa y sin rumbo, hasta que conectó conmigo. En ese momento sonreí desde lo más profundo y mis ojos se arquearon haciéndose minúsculos. Mi sonrisa quedó cubierta por la mascarilla que me ayudaba a respirar. No sin esfuerzo, le dije que pusiera mi mano sobre su mejilla y así lo hizo, también pude notar como la besó y luego la dejó sobre mi pecho. No sé a cuál de los dos se le escapó la primera lágrima, pero en ese momento dijo que lo sentía y yo, poco a poco, que ya nada tenía importancia. Me acarició el pelo y la frente, sabiendo que no esa no debía de ser aun mi hora, continuando con su sonrisa solo cortada por los espasmos del sollozo. Sabía que no tendría otra, por lo que le solté de golpe lo que tanto tiempo había sentido, que la amaría más allá de toda vida. Se derrumbó y cayó sobre mí. Hice el mayor de los esfuerzos por tratar de acariciarla, pero mis dedos no se separaron ni si quiera un milímetro entre ellos, así que le dije un te quiero desde lo más profundo de mi ser y le obsequié con mi última sonrisa que llevará marcada a fuego en su retina hasta el día en que ella también pierda la razón. Yo nunca le dije cómo me llegué a enfermar. Ella no me dijo que se había vuelto a casar. Así pasé mi último momento junto a ella, el más feliz, sumido en la ignorancia.

Escrito por Zuri el 2 marzo, 2013 | 0


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *