Ritual

Zuri

Le gustaba su ritual. A su lacia manera se acercaba a la nevera, tiraba lentamente de la puerta y, tras la luz tenue de una exhausta bombilla, se agachaba hacia la balda más baja de esta y cogía una lata de cerveza. Tras el sonido inconfundible de la apertura de una bebida refrescante,  cogía el pan de molde, la mantequilla y el queso en lonchas. Abría el cajón donde guardaba su sartén antiadherente y la ponía al fuego de gas. Con el mismo mechero con que encendía la hornilla se encendía un cigarro. Y lo posaba en el cenicero que tenía estratégicamente colocado cerca de la cocina. Ahora, con inusual rapidez, untaba el sebo sobre las dos rebanadas de pan y los colocaba al fuego con el queso como barrera. Tras una profunda calada tomaba el paquete de patatas fritas alargando su mano izquierda en la alacena. Tras una vuelta rápida para ver la parte baja de la dorada rebanada, terminaba su receta magistral y se servía el tentempié en un plato pequeño, que esperaba entre aquellos que aún permanecían limpios. Cigarro en la boca, en una mano la cerveza y en la otra una montaña de patatas sobre queso fundido entre pan. Tras la pitanza, limpiarse las comisuras de los labios con una servilleta doblada, cerrar el paquete de fritas y volver al fregadero a dejar los restos vanos de una comilona digna de un rey. Ese era su ritual. Y le gustaba.

Escrito por Zuri el 20 febrero, 2013 | 0


Perder la cabeza

Cabeza

Perder la cabeza es más fácil de lo que me gustaría poder reconocer. Empiezas duro como una de aquellas rocas de los montes yanquis con caras de presidentes muertos, pero poco a poco te reblandeces como un abuelo en un spa de circuitos termales. Poco a poco te olvidas de ti mismo y te vas dejando embelesar por esas curvas que parecen hechas por la misma mente perversa que traza las de una carretera de alta montaña. Te dejas llevar camino abajo con los ojos tapados y las manos atadas, pensando en que todo ser humano siente como tú lo haces, sin darte cuenta de que las mentes sangran más de lo que te gustaría entender. Al darte cuenta miras a otro lado y comienza la competición contra ti mismo al intentar dominar los sentimientos más bajos y que acabas perdiendo, batiendo tu propio record de pateticidad. Pero se pasa tan bien que lo comido compensa lo servido y el aguantar al camarero. Según estimes, puedes irte para volver y reventar la taquilla, dando un último espectáculo y comenzar de gira para no volver a repetir el espectáculo. Finalmente olvidas el guión y una nueva ficción está por empezar, date prisa, maquíllate, pon tu mejor sonrisa y no te olvides de dejarte llevar hasta perder la cabeza.

Escrito por Zuri el 23 septiembre, 2012 | 0


Momento

Z

En el momento justo de pararme a orinar en una de las pocas obras esparcidas en el camino a casa, a eso de las cuatro de la mañana, me adelantan dos chavales algo perjudicados, algo más que yo. Termino y sigo detrás de ellos a algo de distancia, van jugueteando con la intoxicación etílica que llevan encima y se dedican a dar tumbos, pegar patadas a lo que se encuentran y mover de sitio los cubos de basura. Incluso se permiten el lujo de cambiar de acera para vacilar a unas muchachas que se cruzan con ellos. En esos momentos me voy mordiendo la lengua, porque, todos hemos tenido la misma edad al fin y al cabo. Pero, un ruido y la cara de uno de ellos mirándome como único testigo me hace saltar y decirles que se comporten de una puta vez. De una patada habían tirado una Vespa contra otra que estaba aparcada. Les pido que pongan las motos de pie y que se dejen ya de rollos… para qué… uno de ellos, el más gordo y ancho, el que había tirado las motos, se viene hacia mí con cara de malote. En ese momento no me lo pienso, por muy flojos que fueran sus cerebros, eran dos y con edad de hacer daño… así que no me queda otra que andar tranquilamente hacia él y, cuando veo el menor atisbo de agresión, plantarle toda la suela mi zapato, recién estrenado, en el pecho de su camiseta, como el que abre una puerta en una redada de serie estadounidense. Entre esto y el golpe sordo que suena al caer su enorme espalda contra el suelo, me quedo casi igual de impresionado que su amigo que corre a levantar las motos. Me doy la vuelta y al escuchar al gordo intentar levantarse le piso el cuello y le digo que no se atreva a seguirme. Ahora sí, sigo camino a casa, callejeando todo lo que puedo y mirando hacia atrás, por si acaso.

Escrito por Zuri el 10 agosto, 2012 | 0


Verte

Salto

Cada vez que cuento que te he visto, Álvaro se echa a temblar. Porque sabe lo que llegué a sentir por ti mientras estuvimos juntos, casi tan bien como tú, y es la única persona que realmente sabe lo que se me pasó por la cabeza después de que todo terminara. Esta vez, el verte, no ha dolido tanto, lo cierto es que ha sido incluso algo incómodo para mí. Todo el amor se ha vuelto indiferencia y ganas de salir de allí lo antes posible. Mi mente solo quería dejar de escuchar todas las tonterías que salían de tu boca para evitar reconocer tus errores. Aquellos pájaros que tenías por cabeza se hicieron demasiado pesados para volar, llevándote a una realidad que nunca pensaste tuya y que ahora intentas vender como el remedio milagroso… Pero, no es hora de hablar de tu vida. Es la hora de extender los brazos y saltar, a lo desconocido, sin red.

Escrito por Zuri el 23 julio, 2012 | 0